Andrew Niccol, el guionista y director de esta película, ya tenía un bagaje suficiente como para realizar un producto de calidad aceptable. Además, se nota cuando el guionista escribe una historia que va a dirigir él mismo. Ya adapta el guión a su forma de hacer películas o a lo que quiere hacer y, eso, otorga una ventaja diferencial que ya conocemos en otros grandes (Allen, Tarantino, etc).
En esta cinta, Niccol recurre a la fórmula narrativa de utilizar al protagonista como cronista de la historia. Su originalidad (no exclusiva, pero original al fin y al cabo) radica en que el protagonista se dirige al público en el principio y al final de la película y le acompaña con su voz en off durante todo el relato. Es una trama bien urdida, con un detonante y dos puntos de giro claros y diferenciados.
Tiene una tensión que va in crescendo hasta llegar a un final lógico y desesperanzador. El clímax va sin carga emocional aunque con una gran dosis de denuncia social que cierra la trama en la pantalla y la abre en el mundo real dejando pensativo al espectador. Queda claro que la finalidad de esta película no es solo el entretenimiento. Va más allá. Los actores correctos.
Cage incluido; aunque en alguna toma se nota demasiado que no se ha metido lo suficiente en el papel. La fotografía estudiadísima. Cualquier fotograma de la cinta puede ser una gran foto. La banda sonora muy bien escogida y expuesta en primer término en los momentos más oportunos. En definitiva, un producto que aunque no es brillante, contiene buenos ingredientes y un resultado más que aceptable.
Sin lugar a dudas, es una película recomendable para ver un sábado por la tarde en el televisor de casa. Háganlo. No se arrepentirán.